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San Bernardo de Claraval |
Bernard de Fontaine, abad de Clairvaux (1090, Castillo
de Fontaine, Dijon - 20 de agosto de 1153, Abadía de
Clairvaux) es un monje y un reformador francés. Fue
canonizado por la Iglesia Católica en 1174
convirtiéndose desde ese momento en San Bernardo.
El nombre Bernardo deriva de “ber” (pozo, fuente) y de
nardo, nombre de una planta que según la glosa del
cantar de los cantares es humilde, cálida por naturaleza
y muy aromática. San Bernardo fue también cálido por su
fervorosa caridad, humilde en su conducta, fuente de
doctrina, pozo de profunda ciencia y aromático por su
excelente reputación extendida cual suave perfume por
todas partes.
Guillermo, compañero suyo y abad de san Teodorico, y
Hernaldo, abad de Valbuena, escribieron su vida. Cuentan
que era confesor y doctor de la Iglesia, nacido en 1.090
en el castillo de Fontaines, en la Borgoña, y que murió
en Claraval el 21 de agosto de 1.153.
Nacido dentro de una gran familia noble de Borgoña,
Bernardo es el tercero de los siete hijos de Tescelin le
Roux y de Aleth de Montbard. A la edad de nueve años, le
mandan a la Escuela canónica de Châtillon-sur-Seine,
donde muestra un gusto particular por la literatura. En
1112, entra en la abadía de Cîteaux, fundada en 1098 por
Robert de Molesme, donde Étienne Harding acaba justo de
ser elegido su abad.
Los comienzos en el Cister
Después de la muerte de su madre, abandonó la casa
paterna en 1.113 para entrar en la abadía del Cister (citeaux)
junto con treinta jóvenes de la nobleza de Borgoña.
En 1115, Étienne Harding envía al joven Bernardo a la
cabeza de un grupo de monjes para fundar una nueva casa
cisterciense en el Valle de Langres. La nueva
congregación recibe el nombre de Claire Vallée " valle
claro ", que luego se convierte en "Clairvaux". Bernardo
es elegido abad de esta nueva Abadía de Clairvaux, y
confirmado por Guillermo de Champeaux, obispo de Châlons
y célebre teólogo. Fue abad por espacio de cuarenta años
hasta su muerte; rodeó a la nueva casa con su rigurosa
observancia y atrajo gran número de personas deseosas de
santidad, entre ellas a su mismo padre y a cinco de sus
hermanos. Ocupando este cargo desplegó una inaudita
actividad bajo múltiples aspectos.
Los comienzos de Clairvaux son difíciles: la disciplina
impuesta por Bernardo es muy severa. Bernardo sigue con
sus estudios sobre las Santas Escrituras y sobre los
Padres de la Iglesia. Tiene una predilección casi
exclusiva por el Cántico de Salomón y por San Agustín.
Este autor y este libro corresponden a las tendencias de
la época.

Basilica en la casa natal de San Bernardo |
La gente afluye en nueva abadía y Bernardo llega a
convertir a toda su familia: su padre, Tescelin, y sus
cinco hermanos entran en Clairvaux como monjes. Su
hermana, Ombeline, también los hábitos de Jully. Desde
1118 nuevas casas deben ser fundadas para evitar el
estancamiento de Clairvaux (Abadía de Nuestra Señora de
Fontenay). En 1119 Bernardo forma parte del capítulo
general de los cistercienses convocado por Étienne
Harding, que da su forma definitiva a la orden. La "
Carta de Caridad " que es redactada allí poco después es
confirmada por el Papa Calixto II.
Con la llegada de San Bernardo en el 1.112 se inicia un
proceso de rápida expansión e influencia del Cister,
siendo, sin lugar a dudas, el. S. XII la gran época de
los monjes blancos.
Es en aquella época Bernardo escribe sus primeras obras,
tratados y homilías, y sobre todo una Apología, escrita
a petición de Guillermo de Saint-Thierry, que defiende a
los benedictinos blancos (cistercienses) contra los
benedictinos negros (clunisienses). Pierre le Vénérable,
abad de Cluny, le responde amistosamente y a pesar de
sus desacuerdos ideológicos ambos hombres traban
amistad. También envía numerosas cartas para incitar a
la reforma el resto del clero, en particular los
obispos. Su carta al arzobispo de Sens, Henri de
Boisrogues, llamada más tarde De Officiis Episcoporum
(Sobre la conducta de los obispos) es reveladora del
papel importante jugado por los monjes en el siglo XII,
y por tensiones entra clero regular y secular.
Su personalidad
Bernardo tenía un extraordinario carisma de atraer a
todos para Cristo.
Amable, simpático, inteligente, bondadoso y alegre,
incluso muy apuesto, pues sabemos que su hermana
Humbelina le llamaba cariñosamente con el apelativo de
"ojos grandes". Durante algún tiempo se enfrió en su
fervor y empezó a inclinarse hacia lo mundano. Pero las
amistades mundanas, por más atractivas y brillantes que
fueran, lo dejaban vacío y lleno de hastío. Después de
cada fiesta se sentía más desilusionado del mundo y de
sus placeres.
La visión que cambió su
trayectoria
Una noche de Navidad, mientras celebraban las ceremonias
religiosas en el templo, se quedó dormido y le pareció
ver al Niño Jesús en Belén en brazos de María, y que la
Santa Madre le ofrecía a su Hijo para que lo amara y lo
hiciera amar mucho por los demás. Desde este día ya no
pensó sino en consagrarse a la religión y al apostolado.
Un hombre que arrastra con todo lo que encuentra,
Bernardo se fue al convento de monjes benedictinos
llamado Cister, y pidió ser admitido. El superior, San
Esteban Harding lo aceptó con gran alegría.
Su amor a la Virgen Santísima
Fue el gran enamorado de la Virgen Santísima. Se
adelantó en su tiempo a considerarla medianera de todas
las gracias y poderosa intercesora nuestra ante su Hijo
Nuestro Señor. A San Bernardo se le deben las últimas
palabras de la Salve: "Oh clementísima, oh piadosa, oh
dulce Virgen María", así como la bellísima oración del
"Acordaos". Tal era su Amor a la Virgen que
teniendo costumbre de saludarla siempre que pasaba ante
una imagen de ella con las palabras "Dios te Salve
María", la imagen un día le contestó "Dios te salve,
hijo mío Bernardo".
Le llamaban "El Doctor boca de miel" (doctor melifluo).
Su inmenso amor a Dios y a la Virgen Santísima y su
deseo de salvar almas lo llevaban a estudiar por horas y
horas cada sermón que iba a pronunciar, y luego como sus
palabras iban precedidas de mucha oración y de grandes
penitencias, el efecto era fulminante en los oyentes.
Escuchar a San Bernardo era ya sentir un impulso
fortísimo a volverse mejor.
La importancia de San Bernardo
en su época
San Bernardo es la principal figura religiosa y
eclesiástica del s. XII, árbitro de los principales
conflictos doctrinales y seculares de su tiempo, era un
hombre de acción, que viajaba sin cesar por Europa,
combatiendo desviaciones heréticas, no cesó de denunciar
los abusos eclesiásticos y predicó la segunda cruzada.
También fue un reformador, crítico y fundador de órdenes
religiosas, defensor del papado, profundo pensador,
teólogo, y escritor; dejó 350 sermones, más de 500
cartas y una serie de opúsculos. Mientras hacia todo
esto, gobernaba al mismo tiempo, su abadía de 700
hombres.
En teología, San Bernardo señala tres grados en el
camino hacia dios: la vida práctica, la vida
contemplativa y el éxtasis.
San Bernardo tuvo amistades reconocidas como la del
cisterciense inglés San Esteban Harding y la del
cisterciense irlandés San Malaquias quien murió en sus
brazos en Claraval el 2 de noviembre de 1.148. “dos
cosas hacen un santo de Malaquías, escribió San Bernardo
en su “Malachie Vita”, una perfecta dulzura y una fe
viva”.

San Bernardo defendiendo la II Cruzada |
San Bernardo se convierte en una personalidad importante y
escuchada en la cristiandad, interviene en los asuntos
públicos, defiende los derechos de la Iglesia contra los
príncipes temporales y aconseja a los papas. En 1130,
después de la muerte de Honorio II en el momento del
cisma de Anaclet, es su opinión lo que hace aceptar a
Inocencio II. En 1132 hace que el Papa acepte la
independencia de Clairvaux enfrente de Cluny.
Es en este período de desarrollo de las escuelas
urbanas, donde los nuevos problemas teológicos son
discutidos en forma de preguntas (quaestio), en forma de
argumentación y en forma de búsqueda de conclusión (disputatio),
San Bernardo es partidario de una línea tradicionalista.
Combate las posiciones de Abélard, desde un punto de
vista teológico, y hace que le condenen en el Concilio
de Sens en 1140.
En 1145 Clairvaux da un Papa a la Iglesia, Eugenio III,
a petición de éste, Bernardo difunde la Segunda cruzada
a Vézelay el 31 de marzo de 1146 y en Spire. Lo hace con
tal éxito que el joven Rey Luis VII y el Emperador
Conrado III toman la cruz.
En el concilio de Reims en 1148 lleva una acusación de
herejía contra Gilbert de la Porrée, obispo de Poitiers.
Obtiene una mínima victoria, pero su adversario conserva
su obispado y toda su consideración. En su defensa a
ultranza por la ortodoxia, combate también las tesis de
Pierre de Bruys, de Arnaud de Brescia, pero se opuso a
los excesos del monje Raoul, que quería que se masacrara
a todos los judíos.
En la historia de la Iglesia es difícil encontrar otro
hombre que haya sido dotado por Dios de un poder de
atracción tan grande para llevar gentes a la vida
religiosa, como el que recibió Bernardo. Las muchachas
tenían terror de que su novio hablara con el santo. En
las universidades, en los pueblos, en los campos, los
jóvenes al oírle hablar de las excelencias y ventajas
espirituales de la vida en un convento, se iban en
numerosos grupos a que él los instruyera y los formara
como religiosos. Durante su vida fundó más de 300
conventos para hombres, e hizo llegar a gran santidad a
muchos de sus discípulos. Lo llamaban "el cazador de
almas y vocaciones". Con su apostolado consiguió que 900
monjes hicieran profesión religiosa.
Viajero infatigable
El más profundo deseo de San Bernardo era permanecer en
su convento dedicado a la oración y a la meditación.
Pero el Sumo Pontífice, los obispos, los pueblos y los
gobernantes le pedían continuamente que fuera a
ayudarles, y él estaba siempre pronto a prestar su ayuda
donde quiera que pudiera ser útil. Con una salud
sumamente débil (porque los primeros años de religioso
se dedicó a hacer demasiadas penitencias y se le dañó el
aparato digestivo) recorrió toda Europa poniendo la paz
donde había guerras, deteniendo las herejías,
corrigiendo errores, animando desanimados y hasta
reuniendo ejércitos para defender la santa religión
católica. Era el árbitro aceptado por todos. Exclamaba:
"A veces no me dejan tiempo durante el día ni siquiera
para dedicarme a meditar. Pero estas gentes están tan
necesitadas y sienten tanta paz cuando se les habla, que
es necesario atenderlas" (ya en las noches pasaría luego
sus horas dedicado a la oración y a la meditación).
Sus obras
Dejó un gran número de escritos: “de Gradibus Superbiae
et Humilitatis”, “de Laudibus Mariae”, “Homilías sobre
el evangelio Missus Est” (1.120), “apología a Guillermo
de Sant Thierry”, sobre la conversión de los clérigos
(1.122), “de Laudibus Novae Militiae”, “los Templarios”,
cuya regla compuso (1.129), “de Amore Dei”, libro de los
preceptos y dispensaciones (1.131), “de Gratia et Libero
Arbitrio”, libro de las consideraciones (1.143): este
libro fue destinado por el autor al papa EugenioIII, que
fue cisterciense, y contiene instrucciones para el
gobierno, sobre todo espiritual, de los papas, éstos lo
han tenido siempre en gran estima; “de Officis
Episcoparum”. Además, muchos sermones, centenares de
cartas y otros varios escritos.

Manuscrito con San Bernardo |
Sus bellísimos sermones son leídos hoy, después de
varios siglos, con verdadera satisfacción y gran
provecho.
Así como también de entre sus numerosísimos libros y
textos se halla el de unas reflexiones de gran
importancia llamado "La Consideración" leído por varios
Papas, entre ellos el Papa Juan XXIII.
A la muerte del gran reformador de Claraval, en 1.153,
su orden se había extendido notablemente. El fundó 163
monasterios en Francia, Alemania, Suecia, Inglaterra,
Irlanda, España (en 1.133, a petición de Alfonso VII de
Castilla, la abadía de Moreruela, y después la Oliva,
Fitero, las Huelgas, Veruela, Santa Creus, Poblet),
Portugal, Suiza e Italia.
Cuando finaliza la edad media son 742 los cenobios
masculinos y pasan de setecientos los correspondientes a
monjas. Las nuevas comunidades mantenían una estrecha
relación de dependencia con la casa matriz. En todas
ellas, unas mismas normas y la vigilancia de los
capítulos generales hacia que, prácticamente, no
existieran excepciones que rompieran la uniformidad de
la orden.
San Bernardo representa una figura de gran relieve en la
historia de la edad media. Fue hombre de estudio pero de
enérgica acción, que contrastaba con una suavidad y
dulzura ilimitadas. Mostró con sus hechos a cuanto puede
llegar la actividad humana impulsada por un ideal. Su
abnegación, caridad y humildad, llegaron a un alto
grado; fue un contemplativo y un místico, y al mismo
tiempo un apóstol infatigable.
San Bernardo valedor y
protector de la Orden del Temple
Contribuyó en buena medida a difundir las hazañas de los
caballeros templarios hondamente preocupado por la
situación de oriente, no se cansaba de apostrofar a los
caballeros que preferían la molicie cortesana en Europa
a las heroicidades en tierra santa.
Apoyó enérgicamente a Hugues de Payns, fundador de la
orden del temple, que había venido de oriente en busca
de vocaciones, redactó los estatutos de la orden, y
consiguió que el papa Honorio II, a comienzos de 1.128,
convocara el concilio de Troyes, que presidiría su
legado, el cardenal mateo albano; asistieron al concilio
dos arzobispos, diez obispos, siete abades, dos
escolásticos e infinidad de otros personajes
eclesiásticos.
La voz que más se escuchó en tan importante asamblea de
teólogos y grandes señorías de la Iglesia, fue la del
abate Bernardo, secretario del concilio; expuso los
principios y primeros servicios de la Orden y, luego,
supo responder con prontitud a todas las preguntas,
mostrando la habilidad propia de un maestro de hombres.
Esto permitió la creación y reconocimiento oficial de la
Orden del Temple.
En 1127, el Maestre Hugo de Payns, una vez obtenida la
aprobación de los Templarios por el Patriarca de
Jerusalén, preparó un viaje a Roma con el fin de obtener
una definitiva aprobación pontificia, y que de ese modo
el Temple se convirtiera en Orden militar de pleno
derecho. Balduino II, regente de Jerusalén, escribió al
entonces Abad de Claraval, Bernardo, para que
favoreciese al primer Maestre de la Orden ante la
Iglesia.

La Orden del Temple una obra de San Bernardo |
San Bernardo de Claraval, uno de los iniciadores de la
Orden monacal del Císter en Francia, era a sus
veinticinco años una personalidad espiritualmente
arrolladora, activísimo trabajador, que funda numerosos
monasterios, escribe a reyes, papas, obispos y monjes,
redacta tratados de teología, está siempre en oración y
batallando a los enemigos de la fe romana. Tenía además,
dos pariente próximos entre los nueve fundadores del
Temple (Hugo de Payns y Andrés de Montbard, que era su
tío), por lo que parece probable que tuviese ya noticias
de la fundación de la nueva agrupación de
monjes-soldados. Así pues, como esta nueva Orden colmaba
su propia idea de sacralización de la milicia, recibió
con todo entusiasmo la carta del rey Balduino y se
convirtió en el principal valedor del Temple.
Por el momento, los Templarios habían recibido de los
canónigos del Santo Sepulcro la misma Regla de San
Agustín que ellos profesaban, pero el abad de Claraval
deseaba algo más próximo y original para sus nuevos
protegidos. Lo primero que hizo fue gestionar a favor de
su pariente Hugo de Payns y los cuatro templarios que le
acompañaban, una acogida positiva y cordial por parte
del Papa Honorio II, a quien los fundadores del Temple
estaban a punto de visitar en Roma. De acuerdo con la
propuesta de Bernardo, en la primavera de 1228, se
celebró un concilio extraordinario en Troyes, con
nutrida asistencia de prelados franceses y de
territorios próximos: dos arzobispos, diez obispos,
siete abades, dos escolásticos e infinidad de otros
personajes eclesiásticos, todo ello bajo la presidencia
de un legado papal, el cardenal Mateo de Albano.
El hábil abad Bernardo, que de una manera u otra estaba
vinculado a la mayoría de los asistentes, expuso los
principios y primeros servicios de la Orden, y luego
supo responder con prontitud a todas las preguntas que
le fueron formuladas. El Concilio de Troyes, tras varias
semanas de interrogatorios y deliberaciones, aprobó a la
Orden del Temple con entusiasmo, como una especie de
institucionalización de la Cruzada. De esta manera quedó
establecida "oficialmente" la Orden del Temple. El
concilio pidió a los nobles y a los príncipes que
ayudasen a la nueva fundación y encargó a Bernardo de
Claraval que redactase para una Regla original para los
Templarios.
La decisión de San Bernardo fue la de adaptar al Temple
la dura Regla del Cister, con arreglo a la cual la Orden
militar organizó su vida monacal. Los Templarios, en
cuanto monjes en sentido pleno, debían pronunciar los
votos de pobreza, castidad y obediencia, más un cuarto
voto de contribuir a la conquista y conservación de
Tierra Santa, para lo cual, si fuera necesario, darían
gustosos la vida.
Elogio a la Nueva Milicia del
Temple
Bernardo de Claraval (1090-1153) ha pasado a la
posteridad como reformador del monaquismo cristiano y
como hombre de extremada piedad y pasmosa sabiduría.
Pero también como hábil diplomático y, sobre todo, como
organizador y propagandista máximo de una de las Órdenes
militares más famosas de Occidente, la Orden del Temple,
que prolongó su existencia como tal a lo largo de dos
centurias, desde 1118 hasta su controvertida suspensión
en 1312.
En su calidad de secretario del Concilio de Troyes
(1128), el abad de Claraval redactó la regla de la nueva
Orden y luego, entre 1130 y 1136, compuso un sermón
exhortatorio, De laude novae militiae ad Milites Templi
(titulado Elogio de la nueva milicia templaria en la
presente edición), a instancias de Hugo de Payns, primer
gran maestre de la Orden y buen amigo suyo, a quien va
dedicado el opúsculo. El futuro San Bernardo da a
conocer en esta obra sus impresiones personales acerca
de la vida del Temple elogiando las claves éticas de
unos caballeros templarios que, a fuerza de tesón y de
confianza en su cometido, habían conseguido superar la
vieja antinomia monje/guerrero y encarnar, como ha
escrito René Guénon, «el prototipo de Galaad, el paladín
sin mácula, el héroe victorioso en la búsqueda del
Grial».

San Bernardo entrega
la Regla al Temple |
Respondiendo a la fascinación que la Orden del Temple
sigue ejerciendo en nuestras mentes, este libro incluye
el Elogio de la nueva milicia templaria que trazara
Bernardo de Claraval hace más de ocho siglos, prologado
por Javier Martín Lalanda, y una extensa introducción al
mundo templario redactada por Régine Pernoud, la célebre
medievalista francesa.
San Bernardo funda hasta 72 monasterios, repartidos por
todas partes de Europa: 35 en Francia, 14 en España, 10
en Inglaterra y en Irlanda, 6 en Flandes, 4 en Italia, 4
en Dinamarca, 2 en Suecia, 1 en Hungría.
En 1151, dos años antes de su muerte, hay 500 abadías
cistercienses y Clairvaux cuenta a 700 monjes.
Bernardo muere en 1153, a los 63 años.
Canonización
Canonizado el 18 de junio de 1174 por Alejandro III,
Bernardo de Clairvaux ha fue nombrado doctor de la
Iglesia por Pío VIII en 1830. San Bernardo de Claraval
se celebra el 20 de agosto.
San Bernardo es, cronológicamente, el último de los
Padres de la Iglesia, pero es uno de los que más impacto
ha tenido en ella.
Después de haber llegado a ser el hombre más famoso de
Europa en su tiempo y de haber conseguido varios
milagros (como por ejemplo hacer hablar a un mudo, el
cual confesó muchos pecados que tenía sin perdonar) y
después de haber llenado varios países de monasterios
con religiosos fervorosos, ante la petición de sus
discípulos para que pidiera a Dios la gracia de seguir
viviendo otros años más, exclamaba: "Mi gran deseo es
ir a ver a Dios y a estar junto a Él. Pero el amor hacia
mis discípulos me mueve a querer seguir ayudándolos. Que
el Señor Dios haga lo que a Él mejor le parezca". Y
a Dios le pareció que ya había sufrido y trabajado
bastante, y que se merecía el descanso eterno y el
premio preparado para los discípulos fieles, y se lo
llevó a su eternidad feliz, el 20 de agosto del año
1153. Tenía 63 años.
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