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La música de los templarios
El Canto de los Templarios
Manuscritos del siglo XII del Santo Sepulcro de Jerusalén
23/09/07
En la Edad Media, la música tenía un acentuado
carácter ritual. Las normas dictadas por la tradición eran de obligado
seguimiento por parte de los compositores, quienes consideraban que su obra
surgía gracias a la intervención directa de la divinidad. Ellos sólo eran meros
intermediarios de la conciencia superior que los inspiraba.
Aunque apenas poseemos
documentación fiable de la música con la que los Templarios
acompañaban sus ritos, sí contamos con datos que nos
permitan realizar una aproximación bastante fiable. Así por
ejemplo sabemos que Bernardo de Claraval escribió al
respecto que: "El canto debe estar lleno de gravedad; que no
sea ni mundano ni demasiado rudo y pobre...; Que sea dulce,
aunque sin liviandad; que, mientras agrada al oído, conmueva
al corazón; deberá aliviar la tristeza y calmar el espíritu
irritado...". Y en el apartado 15 de la primitiva regla
templaria nos dice que: "... Ordenamos que tanto los fuertes
como los débiles, para evitar confusión y tumulto, en cuanto
el salmo que es llamado Venite, con el invitatorio y el
himno hayan sido cantados, os sentéis y digáis vuestras
plegarias en silencio, suavemente y sin alzar la voz, para
que el proclamador no perturbe las plegarias de los otros
hermanos". Y más adelante, en los apartados dedicados al
servicio religioso, hace alusión a los cantos que integran
la misa, volviendo a señalar que deben ser entonados con el
debido acatamiento y respeto.
Durante los años en que los
templarios desarrollaron su actividad, la música conoció una
auténtica revolución. Su artífice fue el benedictino Guido
D´Arezzo (995-1050) quien estableció definitivamente la
notación pautada y el nombre de las notas. Sus aportaciones
se encuentran recogidas en el Micrologus de disciplina artis
musicae, en este tratado D´Arezzo introduce la escritura
sobre cuatro líneas que a finales del siglo XII se convirtió
en el pentagrama. Gracias al pentagrama fue posible conocer
tanto la duración, como la altura de cada sonido. El
espíritu comunal que se difundió por toda la cristiandad en
forma de gremios, corporaciones, fraternidades y órdenes,
también influyó a la música. Así, a través de la polifonía o
grupo de diferentes líneas de canto que sonaban
simultáneamente, los artistas encontraron el vehículo ideal
para expresar sus sentimientos. A la austeridad de la
melodía gregoriana, se añadieron los primitivos cantos a dos
voces denominados organum, en los que el canto principal era
acompañado, nota contra nota, por un tema paralelo a
distancia de quinta o de cuarta.
La octava o distancia de ocho
sonidos, era el límite máximo entre las melodías. Inmersa en
la octava musical se encontraban las siete notas de la
escala, que resumían perfectamente el ámbito del mundo
conocido, del universo y de la potencia divina. La octava se
correspondía con el octógono, con el círculo y con las ocho
puntas de la estrella que representaba a la Orden. En Tierra
Santa, las masas de peregrinos cantaban emotivas melodías
religiosas en las que la importancia del texto era tan
grande como la de los sonidos. Los jerarcas templarios
conocían bien todas estas circunstancias y saludaron con
entusiasmo los nuevos rumbos de la polifonía en los que la
imitación cobraba especial relevancia.
Los diferentes temas se perseguían
unos a otros produciendo un efecto fugado que se relacionaba
directamente con el de las arriesgadas perspectivas de los
arcos ojivales y con las enormes bóvedas preparadas para
albergar a la masa de creyentes.
La belleza al servicio de la
divinidad, la estrecha relación entre palabras y notas
musicales, la sobriedad y la profundidad del estilo, fueron
sin duda algunas de las características de la música que los
Templarios interpretaron en sus cultos, todo ello sin
olvidar las canciones profanas, alegres y vigorosas, que
entonaban con ánimo firme mientras se dirigían a la
protección de los Santos Lugares.
EL CANTO
DE LOS TEMPLARIOS DE MARCEL PÈRÉS
Fiel a su cruzada en favor de los
repertorios litúrgicos no gregorianos, Marcel Pérès retorna
de manera impetuosa con este fabuloso trabajo dedicado a los
cantos de los Templarios en el Santo Sepulcro de Jerusalén.
El Ensemble Organum da vida a manuscritos pertenecientes al
tercer cuarto del siglo XII, conservados en la actualidad en
el castillo de Chantilly. En ellos encontramos algunas
melodías bien conocidas en el ámbito gregoriano, como las
antífonas Media vita o Salve Regina, si bien interpretadas
aquí de un modo completamente diferente.
Para quienes no estén
familiarizados con los modos y maneras del Ensemble Organum
y su director Marcel Pérès, diremos que su labor más
destacada en sus veinticuatro años de existencia ha
consistido en desmitificar la imagen idílica que desde el
siglo XIX se tenía de la monodía religiosa medieval, en la
que el Canto Gregoriano al modo de la Abadía de Solesmes era
la única e incuestionable vía de tránsito. Pérès se ha
esforzado por abrir nuevos frentes en el amplio debate sobre
estos temas resucitando liturgias alternativas a la línea
romano-gregoriana, enseñando una enorme influencia de los
cantos orientales, haciendo uso de ornamentos, bordones,
octavas, quintas y métricas sorprendentes, además de
promover una emisión del sonido basada con frecuencia en
tradiciones orales. Como es lógico, sus tesis supusieron un
estruendoso aldabonazo para la ortodoxia monacal.
INFORMACIÓN DE LA OBRA
Intérpretes
Ensemble Organum
Marcel Pérès, dirección
Contenido
antiphona: crucem sanctam
responsorium: benedicat nos deus
responsorium: honor virtus et
potestas
antiphona: te deum patrem
ingenitum
magnificat
antiphona : media vita in morte
sumus
nunc dimittis
kyrie eleïson
antiphona: da pacem domine
psaume: fiat pax in virtute tua
antiphona: salve regina
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