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Afirman haber descubierto los manuscritos de los últimos
días de la Orden
22/09/07
Publicado en el Diario Digital
Levante-emv
El epistolario íntegro que el
último Gran Maestre de la Orden del Temple, Jacques de
Molay, mantuvo con el rey Jaume II el Just, así como las
cartas manuscritas de sus miembros, reproducen la
incertidumbre y la angustia que sufrieron los templarios
durante el exterminio de la orden en 1317, instigado por el
rey Felipe IV de Francia y el Papa Clemente V.
Estos manuscritos inéditos sobre
el final de la mayor orden religioso-militar de la historia,
narran en tiempo real y en primera persona, el sufrimiento y
desamparo de los templarios antes de su desaparición. Este
descubrimiento tiene previsto ser publicado este mes de
septiembre por una editorial valenciana que afirma que
el libro reconstruye el principio, auge y final de los
Caballeros del Temple, mediante la recuperación de un
manuscrito, robado en 1985 de los Archivos Departamentales
de la Côte D'Or en Dijon (Francia), y cuyo microfilm ha
permitido obtener la primera copia de la Primitiva Regla
Latina que redactó Bernardo de Claraval durante el Concilio
de Troyes en 1128, cuando se aprobó la Orden. Se trata de
sus normas jerárquicas, la disciplina de su vida monacal, la
vestimenta, el número de sirvientes, caballos y escuderos a
los que tenía derecho cada miembro, así como la amplia
relación de penitencias y las 9 infracciones por las que
podía ser expulsado un caballero.
Este tesoro medieval resucita el
origen de la orden y su forma de entender la vida entre los
siglos XII y XIV. Además del reglamento templario, la
colección reproduce, por primera vez, las cartas que
escribió De Molay a Jaume II y que el Gran Maestre remitió a
los mariscales de las distintas órdenes del temple. Así como
sus consultas sobre temas de Estado escritas de su puño y
letra. Jaume II requisó todos los documentos de los
templarios durante el proceso que se inició contra ellos.
Hasta el siglo XVII, permanecieron guardados en un armario
del Archivo de la Corona de Aragón, creado por el soberano
en 1318.
La editora asegura que, hasta
ahora, «nunca se habían reproducido, ni traducido, ni
estudiado» las escrituras sobre las que tantas veces se ha
fabulado. Las misivas, escritas en provenzal y latín, hablan
de la mala situación del Temple; del maltrato que sufrían
aquellos que se encontraban encarcelados, como los presos de
Cantavieja; y del proyecto del Rey de asediar Peñiscola en
lugar de ir a Valencia. El comendador de Miravet escribe a
Jaume II, recordándole los servicios prestados por la orden
y le ruega «suavice las condiciones de su cautiverio»; el
Conde de Armagnac ofrece al Rey su ayuda y la de otros
nobles franceses ante la noticia «de que musulmanes de
Granada, con judíos y templarios adheridos a la religión
islámica» pretenden invadir sus reinos; el Comendador de
Masdéu y lugarteniente de Berenguer de Cardona, maestre
provincial de Aragón y Cataluña, le niega al Rey «las
acusaciones de maledicencia»; mientras que Berenguer de
Cardona le recuerda los servicios prestados por los
templarios a la monarquía; en otra carta, le comunica que
accede a ayudarle contra los musulmanes que se habían
apoderado de Cocentaina.
En total, son una treintena de
cartas que se salvaron de la quema tras ser custodiadas en
el Archivo Real y que ahora salen a la luz pública con el
fin de rescatar, con rigor, la auténtica historia de los
templarios en el momento de su inminente desaparición. Una
Orden temida por su poder, riquezas e influencia. Y a la que
a finales del siglo XIII se le atribuía un gran afán de
poder político. En 1307 se inició el proceso contra los
templarios, tratándoseles como herejes.
Fueron acusados de idolatría,
prácticas inmorales y enriquecimiento ilícito. En 1314, De
Molay fue condenado a morir públicamente en la hoguera junto
con sus 50 caballeros en las calles de París. Sin embargo,
Jaume II se negó a actuar contra el Temple mientras la Santa
Sede no detallara los delitos que se les atribuían.
Muchos de ellos se encerraron en
sus fortalezas sin renunciar a la lucha hasta que, poco a
poco, se fueron rindiendo y fueron confiscados sus bienes.
Todo el inventario quedó en poder del Rey, junto a los
lugares, castillos y villas que posibilitaron la creación de
nuevas órdenes de caballería como El Señorío de Santa María
de Montesa.
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